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Los microbios ausentes en el autismo podrían afectar el comportamiento social

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MADRID, 14 (EUROPA PRESS)

Científicos de la Universidad de Utah (Estados Unidos) se suman a la creciente evidencia de que los microbios que viven en los intestinos influyen en el comportamiento, lo que explicaría que el estreñimiento, la diarrea y el dolor abdominal acompañen las limitaciones sociales y los comportamientos repetitivos característicos de las personas con autismo.

Este fenómeno que ocurre en las personas con autismo había llevado a muchos a preguntarse si los problemas gastrointestinales surgen debido a las características conductuales o sensoriales del autismo, o si, por el contrario, podrían contribuir a ellas.

Ahora, estos investigadores han descubierto que, en ratones, las molestias gastrointestinales frecuentes pueden reducir el comportamiento social, un efecto que persiste incluso después de que hayan remitido los síntomas gastrointestinales. También demostraron que podían aliviar tanto los síntomas gastrointestinales como los cambios de comportamiento que provocan introduciendo especies específicas de bacterias en los intestinos de los animales.

El nuevo estudio, publicado recientemente en ‘Nature Communications’, demuestra que es posible influir en la salud y el comportamiento manipulando el microbioma intestinal de forma controlada.

«Creo que es un paso realmente importante desde el punto de vista terapéutico, porque ahora podemos empezar a ensamblar una terapia con organismos que sabemos que son seguros», afirma la doctora June Round, microbióloga de U of U Health, que dirigió la investigación.

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LA CONEXIÓN INTESTINO-CONDUCTA

Dado que los científicos todavía están tratando de desentrañar la relación entre los problemas gastrointestinales y los comportamientos relacionados con el autismo, Round y su equipo comenzaron su estudio investigando el impacto conductual de los trastornos gastrointestinales en ratones. El doctor Garrett Brown, estudiante de posgrado, estudió ratones con una enfermedad inflamatoria llamada colitis, que causa dolor, diarrea y daño intestinal.

Tras varias rondas de colitis, se dejó que los síntomas de los animales remitieran antes de realizar las pruebas de comportamiento. Los ratones que habían padecido colitis se movían con normalidad y no mostraban signos de ansiedad o depresión. Sin embargo, pasaron menos tiempo interactuando con ratones desconocidos que los ratones que no habían padecido colitis. «No es que los ratones sufran tanto dolor que no hagan nada», afirma Brown. «Así que quizá se trate de algo específico de la sociabilidad y no solo de que los ratones se sientan mal», ha añadido.

La reticencia a socializar que los investigadores observaron en sus ratones recordaba a las deficiencias sociales asociadas al autismo. Dado que sus experimentos sugerían que los problemas intestinales podían provocar cambios en el comportamiento social, se preguntaron si los microbios del intestino –que tienden a diferir entre autistas y neurotípicos– podrían estar implicados en ambos casos.

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Para investigarlo, Brown recogió muestras de heces de personas autistas y de sus padres o hermanos neurotípicos. A continuación, administró las muestras llenas de microbios al tracto gastrointestinal de ratones.

Cuando indujo colitis en esos animales, los ratones portadores de microbios procedentes de individuos con autismo sufrieron más daños intestinales y perdieron más peso que los ratones cuyos microbios procedían de individuos neurotípicos. Parecía que la mezcla de microbios procedentes de individuos neurotípicos tenía un efecto protector.

ENCONTRAR PROTECTORES MICROBIANOS

La comunidad microbiana del interior del intestino humano es tan compleja que las muestras que el equipo había utilizado en sus experimentos podrían haber incluido fácilmente cientos de tipos de bacterias, virus y hongos. Round y Brown querían saber cuáles de esos miembros de la comunidad protegían contra los problemas intestinales.

Para ello, Brown comparó los microbios intestinales de individuos con autismo con los de sus familiares neurotípicos, así como los microbios que vivían en los intestinos de ratones a los que se habían trasplantado esas comunidades microbianas. Buscaba microbios potencialmente protectores que pudieran estar infrarrepresentados en personas con autismo en comparación con individuos neurotípicos, y encontró algunos.

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«Pudimos identificar microbios individuales que pensamos que podrían desempeñar un papel importante en la resistencia a la colitis grave», explica Brown, que ahora trabaja en el Centro Clínico de los Institutos Nacionales de Salud.

Destacaban dos en particular. Ciertas especies de bacterias ‘Blautia’ estaban mejor representadas en individuos neurotípicos que en sus familiares autistas. Y entre los ratones colonizados con microbios de personas autistas, un grupo llamado ‘Bacteroides uniformis’ era más abundante en aquellos cuya colitis era menos grave. Se sabe que el ‘B. uniformis’ está infrarrepresentado en personas con síndrome del intestino irritable y enfermedad de Crohn, lo que sugiere un papel en la salud intestinal.

Una vez que los investigadores identificaron estos grupos de bacterias, Brown las administró a ratones antes de inducirles la colitis. Tanto la ‘Blautia’ como la ‘Bacteroides uniformis’ redujeron los problemas intestinales, y la Blautia tuvo un efecto correspondiente en el comportamiento social. Los animales que recibieron la bacteria ‘Blautia’ eran más propensos que otros ratones a relacionarse con ratones desconocidos tras la colitis.


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