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-Fernando Aramburu sostiene que el olvido completa la aniquilación de la persona desaparecida-

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MADRID, 08 (SERVIMEDIA)

El escritor Fernando Aramburu puso de manifiesto este lunes que la primera reacción a las tragedias colectivas suele ser de solidaridad hacia las víctimas y sus familiares y allegados y señaló que progresivamente este sentimiento deriva hacia la necesidad de recuperar la normalidad, algo a lo que contribuye el paso del tiempo y el consiguiente riesgo de olvidar lo sucedido, lo que “alivia, pero da la sensación de que termina de aniquilar a la persona desaparecida”.

Así se pronunció Fernando Aramburu en un acto celebrado en la Fundación Telefónica en el que disertó sobre su nuevo trabajo, ‘El niño’ (Tusquets Editores, 272 páginas, ya en librerías) con la periodista Pepa Fernández y el editor Juan Cerezo, quien señaló que esta novela es “muy conmovedora y muy adictiva, con un desenlace que abre la esperanza a cómo superar algunos traumas” y añadió que este texto “reúne todos los ingredientes de una novela difícil de olvidar».

En ‘El niño’, Fernando Aramburu rememora el accidente ocurrido en un colegio de Ortuella (Vizcaya) en 1980, que se saldó con la muerte de 50 niños y tres adultos. La novela parte de la vida devastada de los miembros de una familia y de sus intentos por sobreponerse a una experiencia desoladora. En ella, el escritor vasco cuenta cómo Nicasio, ya jubilado, tiene la costumbre de acudir el jueves al cementerio de Ortuella a visitar la tumba de su nieto, uno de los muchos niños que murieron como consecuencia de una explosión de gas en la antedicha escuela.

Con el periplo de Nicasio, el testimonio de la madre de uno de los muchachos muchos años después y la crónica de lo que le ocurrió a la familia el lector descubrirá “cómo aquella tragedia lacerante y devastadora sacó a relucir aspectos inesperados y trastornó para siempre sus vidas”, como señaló Tusquets cuando anunció la publicación del libro.

Fernando Aramburu subrayó que a pesar de que “ocurren tragedias continuamente y en muchas de ellas perecen niños, ésta me golpeó con fuerza y dejó una cicatriz en mi memoria, quizá porque ocurrió en una ciudad cercana a la mía y porque la revivía cuando era profesor y daba clases a niños con edades próximas a las de los niños muertos” en Ortuella.

Esto le sirvió para mostrar su sorpresa ante el hecho de que este suceso “esté bastante olvidado” en la actualidad, aunque reconoció que “se produjo en una época en la que se encadenaba una tragedia con otra” y en la que ETA estaba activa. Prueba de ello es que se llegó a especular que la banda terrorista estuviera detrás de la explosión en el colegio, pero rápidamente se descartó esa hipótesis y se confirmó que el gas había sido el causante de la misma.

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El escritor, que no habló directamente con los familiares de los niños, pero si consultó mucha documentación de la época para construir su novela, llamó la atención sobre la cantidad de espacio informativo que ocupan los sucesos, “más que la cultura y la educación, que, a mi juicio, son más importantes”. No obstante, preció que “esto no es privativo de España, también sucede en mi país de residencia”, Alemania.

PERSONIFICACIÓN DEL TEXTO

Fernando Aramburu ha incorporado en ‘El niño’ la personificación del texto, un recurso que ha empleado para “advertir a los lectores de que tienen un libro de ficción en las manos y no un hecho verídico de un acto trágico”. A su juicio, “la historia transcurre por una senda de considerable intensidad emocional, lo que requería una suerte de pausa publicitaria, un remanso, que permitía un cambio de técnica narrativa”. A pesar de ello, dejó clara la posibilidad de no volver a recurrir a este recurso, ya que “incurriría en el manierismo”.

También comentó que en una narración en la que mueren niños se corre el riesgo de que “el narrador incurra en el patetismo, en un exceso de sentimentalidad o de dejarse llevar por las emociones, que son propiedad de quien las siente y que no tienen que ser predeterminadas. Es por ello por lo que la novela tiene poca adjetivación, ningún inciso, ninguna descripción, para que “el lector decida lo que sentir y cuándo sentirlo”. “Esto determina el hecho de que la novela sea corta; esto es deliberado”, apostilló.

En ese sentido, apuntó que en sus últimos libros ha antepuesto la “precisión” a la “musicalidad” o la “belleza”, lo que “no es fácil”, ya que “contar historias de vascos en un estilo barroco no pega ni con cola”.

Fernando Aramburu explicó que hay pasajes de ‘El niño’ escritos “con el freno de mano echado, calculando cada palabra para no incrementar el daño de alguien”, lo que le sirvió para aseverar que “lo mínimo es el respeto para las víctimas de Ortuella, y yo lo he ofrecido en mi novela”.

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MEMORIA Y OLVIDO

El escritor vasco observó que la primera reacción a las tragedias colectivas suele ser de solidaridad hacia las víctimas y sus familiares y allegados, como ocurrió en Ortuella, cuando el funeral no pudo celebrarse en la iglesia y hubo de oficiarse en una nave industrial ante la gran cantidad de gente que quiso asistir a la ceremonia.

Tras esa primera reacción, progresivamente este sentimiento deriva hacia la necesidad de recuperar la normalidad, algo a lo que contribuye el paso del tiempo y el consiguiente riesgo de olvidar lo sucedido, lo que “alivia, pero da la sensación de que termina de aniquilar a la persona desaparecida”.

En ese sentido, exclamó que “cuidado con las tragedias colectivas”, puesto que “la posición de cada individuo ante la tragedia no es la misma, no es lo mismo quien ha perdido a un hijo que quien no lo ha perdido”.

A ello se añade que cuando se vuelve a casa de un entierro en la casa del fallecido está su armario y sus objetos personales, un momento en el que el abuelo de la historia decide quedarse con todo lo que perteneció a su nieto y el padre de éste opta por desprenderse de todo para no tener presente la desgracia continuamente.

AUSENCIA DE SUS ABUELOS

Fernando Aramburu presentó a los personajes de su novela; lo hizo empezando por Nicasio, el abuelo, de quien reconoció que es su “flanco débil”, puesto que no conoció a sus abuelos varones, lo que le llevó a establecer una “relación sentimental con mi propio personaje, ejerciendo de nieto y de abuelo sin tener modelos, referencias, haciendo descubrimientos sobre la marcha”. “Ahora soy abuelo, y es muy bonito serlo”, confesó.

Respecto de Mariaje, la madre del niño que da título a la novela, precisó que este personaje tiene “responsabilidad narrativa”, puesto que “interviene como informante del autor”, y subrayó que “está hecha con los mimbres con los que estaban hechos mi madre, mis tías, mis vecinas del barrio, mujeres fuertes, correosas, trabajadoras, capaces de sobreponerse a lo peor”. “Es ella la que impide que la novela derive hacia el pesimismo; interpreta el desenlace, ubicado en la última página”, puntualizó.

En un momento determinado, continuó Fernando Aramburu, “la madre intenta buscar alivio, consuelo, en la iglesia, pero no lo consigue”. El escritor rememoró que “en aquella época la religión tenía un peso importante en la sociedad vasca y no podía estar fuera de la novela”, máxime cuando tras una tragedia puede producirse “una pérdida de la fe o una intensificación”.

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De José Miguel, el padre del niño, apuntó que “provoca un contraste llamativo en lo narrativo entre la robustez física y la debilidad emocional”, y recordó que “en mi época ver llorar a padres impresionaba mucho, ver llorar a madres era algo más habitual”.

Esto le permitió exponer que “había una pérdida de prestigio cuando un hombre lloraba, era síntoma de debilidad. Estábamos educados en la ocultación de los sentimientos, teníamos que ser duros, fuertes, tirarnos al barro, tener las piernas arañadas, tener cicatrices, practicar deportes extremos”. “He crecido en ese mundo que tenía un ingrediente mitológico que creo que hoy en día no sigue existiendo, al menos no en esa medida”, afirmó.

PAÍS VASCO EN LA ACTUALIDAD

Fernando Aramburu explicó que “escribo sobre vascos porque los conozco bien”, ya que “mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud” tuvo lugar en el País Vasco, donde “está el paisaje de mis afectos, que se vieron perturbados por los muchos años de violencia, de atentados, lo que me ha marcado muy fuertemente”. “Mi memoria personal está determinada por eso”, manifestó, para, a continuación, reseñar que “la vida de mis paisanos no se limita sólo a eso, y como escritor tengo la legítima ambición de no escribir sobre este tema, hay otros a los que dedicar mi tiempo y mi talento”.

Respecto a las elecciones que se verificarán en el País Vasco el próximo 21 de abril, trasladó que “en mi tierra natal no se practica la violencia, estamos en un periodo en el que se tiene una voluntad de mostrar distancia respecto a esta historia sangrienta”.

Atestiguó que está “moderadamente informado” de estos comicios, cuyo resultado “está previsto, según las encuestas” e indicó que se preocupaba cuando “unos ciudadanos se organizaban y armaban para liquidar a otros que no tenían las mismas convicciones”. Ahora no está inquieto, confesó, puesto que “hay elecciones, la gente irá a votar, ganarán algunos, la hegemonía nacionalista está garantizada”.

“No tengo más que decir. No intervengo más que como votante. Ya no vivo la preocupación del siguiente atentado, la siguiente injusticia, el siguiente crimen, como ocurrió antes”, concluyó.


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