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Los ’14’ del dolmen de los Zumacales (Valladolid): restos de un agricultor senil y vestigios de cáncer en el neolítico

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VALLADOLID, 28 (EUROPA PRESS)

Seis mil años después, el dolmen megalítico de los Zumacales (Simancas, Valladolid) sigue reescribiendo su historia. Lo hace a través de la arqueología que, a base de prospecciones, horas de trabajo en campo y en laboratorio y de dataciones, pone ‘voz’ a un pasado que sirve para comprender mejor el presente.

Un presente que, en este caso, sigue repleto de interrogantes. Es difícil precisar quién pisaba las tierras en las que se asienta hoy Simancas en el cuarto mileno antes de Cristo, pero desde principios de los 80 los arqueólogos intentan hacer una fotografía de ello, lo más próxima y real posible.

Lo hacen examinando las señales –en forma de huesos, cenizas, herramientas…– que se han encontrado en este sepulcro del neolítico situado a unos 1.700 metros al noreste de este municipio vallisoletano, sobre la parte culminante de un relieve, en plena transición entre la campiña arenosa del valle del Pisuerga al sur y el reborde meridional de la estructura caliza de los Montes de Torozos.

En su interior, durante sus dos campañas de excavación (1982 y 1989-1990), se han encontrado restos de un “importante” ajuar funerario y huesos humanos. Un osario que, en principio, correspondía a más de 20 personas, pero que estudios posteriores lo han limitado a 14, los ’14’ de los Zumacales.

Así lo precisa la arqueóloga e integrante del departamento de Prehistoria, Arqueología, Antropología Social y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Valladolid, Angélica Santa Cruz del Barrio, cuyo Trabajo Fin de Máster (TFM) se centró en el análisis de los restos óseos encontrados en esta tumba megalítica.

La identificación y el recuento de los fragmentos óseos proporcionó un total de 1.380 partes de hueso aproximadamente. Una cifra que dista mucho de las 1.800 piezas que se contabilizaron en el estudio previo donde, además, identificaron tres cráneos prácticamente completos que podrían corresponder a los únicos tres individuos que constan como recuperados, todavía en conexión anatómica, en la zona mejor conservada del monumento, detalla la publicación conjunta ‘Nueva serie de dataciones radiocarbónicas sobre hueso humano para el dolmen de Los Zumacales’ en la que participó esta arqueóloga junto a Rodrigo Villalobos García y Germán Delibes de Castro.

“Hicimos un estudio bastante más exhaustivo y, al final, concluimos que eran catorce los individuos que estaban enterrados. Siempre hay que tener en cuenta que hablamos de mínimos y que probablemente hubo más, pero sus restos se han perdido por fenómenos de conservación diferencial, las inclemencias del tiempo, la fermentación, etcétera. Pero bueno, los que hemos estudiado y podemos individualizar han sido catorce”, señala en declaraciones a Europa Press.

Restos que se corresponden con nueve personas adultas y cinco “inmaduros” o niños. De estos últimos, “tres eran infantiles y dos adolescentes”. “Eso sí lo sabemos observando el proceso de maduración y de fusión de la epífisis de los huesos. Y luego los otros nueve son adultos o adultos indeterminados. Es decir, no sabemos si maduró por completo el hueso o no. Podrían ser adultos jóvenes o casi adolescentes. Pero sabemos que no son infantiles”, explica.

De estos 14 cuerpos se ha podido determinar el sexo de cinco de ellos y que corresponderían a tres varones, dos mujeres y, además, habría un individuo de sexo indeterminado. “Es una representación bastante poco significativa de la probable composición originaria de la población del sepulcro. Aun así, parece que habría una selección preferente de estos individuos masculinos adultos por encima de otros segmentos de la población”, aclara Santa Cruz del Barrio, que apunta que a los cuerpos infantiles no se les asigna sexo debido a que esas características de maduración que lo determinan no se reflejan “demasiado bien” en los huesos.

En cuanto a las edades, la arqueóloga de la UVA señala que el rango varía entre los 0-3 años, entre los que se contabiliza un sujeto; de 3 a 12 dos y de 12 a 20 otros tantos. Entre los adultos, tres tendrían entre 20 y 35 años y dos estarían entre los 35 y los 50. “Uno de ellos tendría 45 años, que para esta época es casi senil”, avanza.

Se trata de individuos sanos, con alguna sorprendente excepción. “Algunos presentaban traumatismos que se habrían curado en vida, algo que sabemos por la regeneración ósea. Otros traumatismos eran perimortem, es decir, se hicieron en torno a la muerte del individuo. No sabemos si fue justo después de la muerte por la fragmentación o motivó su muerte. Es algo que estamos estudiando, porque algunas podrían ser intencionales. Pero no tenemos ninguna constatación de que hubiera un episodio claro de violencia”, añade.

Uno de los datos más “interesantes” de la investigación sobre las patologías halladas en los restos encontrados desvela una serie de huellas que indican que uno de los adolescentes pudo tener cáncer. “Estamos estudiándolo y quizás se publica en algún momento, pero a través de un estudio radiológico hemos comprobado que padeció algún tumor hematológico, una especie de leucemia o angiosarcoma: “Evidentemente, son huellas de una tumoración que han pasado a los huesos”, ha completado.

El estudio óseo también ofrece datos sobre la estatura, la “normal” de aquella época –“el hombre en torno a los 160 centímetros y la mujer sobre 145 o 155”– y a qué se dedicaban. “A través de las inserciones musculares sabemos que tenían un gran desarrollo de la de la franja pectoral, lo que se asocia a actividades de la labranza del cultivo. Además, los estudios dentales también demuestran que hay un ligero incremento de caries que están asociadas a un mayor consumo de carbohidratos -cereales–“, detalla Angélica Santa Cruz.

Tampoco está comprobado el grado de parentesco entre los cuerpos enterrados en el dolmen, si bien se aprecian ciertas características óseas que se repiten, apunta.

DOS DATACIONES DE LA EDAD MEDIA

Por último, la mayor parte de los individuos que se han datado fueron enterrados en torno a la primera mitad del cuarto milenio antes de Cristo, durante un periodo de unos decenios. “Luego sí que vemos que, por ejemplo, hay unos tres individuos más que se reparten ya a lo largo de todo el milenio. Es decir, que parece que desciende bastante la periodicidad de enterramiento en este en este dolmen. Esto demuestra que la tumba estuvo durante todo ese milenio”, añade.

Como curiosidad, Santa Cruz apunta que hay dataciones que sitúan a dos individuos en torno al siglo X después de Cristo. “Ha sido una sorpresa porque no había evidencia arqueológica. De momento lo estamos estudiando porque creemos que será una intrusión posterior, pero el carbono 14 ha dado esa fecha”, explica.

Entre las conclusiones que extrae en su estudio la arqueóloga de la UVA asegura que Los Zumacales fue construido, utilizado y amortizado en un breve lapso de tiempo. “Ello está muy lejos de la idea del megalito como una tumba para la eternidad de utilización diacrónica y recurrente. Planteamos a partir del segundo uso, y en adelante, que la total ausencia de ajuar propio del Calcolítico Inicial nos sitúa ante el uso del dolmen no por una élite ansiosa de legitimar su posición social en los monumentos del pasado sino, por el contrario, por el entorno de una persona perteneciente al común o, incluso, un marginado social”, concluye.

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