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Carlos de Hita, el coleccionista de paisajes sonoros: “Hay menos voces, un empobrecimiento de la biodiversidad”

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SEGOVIA, 24 (EUROPA PRESS)

La grabación del bramido de un ciervo durante una berrea fue la “carambola” que marcaría el destino de Carlos de Hita, hoy apodado ‘el recolector de paisajes sonoros’, el hombre que conoce cómo suena un árbol que cae en un bosque cuando no hay nadie cerca para oírlo, porque él siempre está escuchando.

“El crujido de un árbol cayendo delante de mí, el estallido de un trueno, el maullido de un lince… lo he vivido todo en primera persona”, explica, en una entrevista concedida a Europa Press, mientras, de fondo, graznan las gaviotas en su estudio de Valsaín, en Segovia, por el que han pasado también sujetos de otros verbos en peligro de extinción como pazpallear, crocitar, charlear, trisar, crotorar, tautear o bisbisear.

Un trabalenguas de onomatopeyas que “habla de un mundo que estaba en contacto y en conocimiento directo de lo que le rodeaba”, explica De Hita, quien lamenta que el desuso de estas palabras “signifique que la sociedad urbana se ha vuelto muy sorda”.

Por ello, anima a lo que él llama “ver de oídas” en su nuevo libro, ‘El sonido de la naturaleza’, editado por Anaya Touring, un ‘calendario sonoro de los paisajes de España’ que invita a escuchar la diversidad de mensajes sonoros –a través de 70 códigos QR acompañados por ilustraciones de Francisco J. Hernández– y en el que Carlos de Hita comparte el “privilegio” de su observación a través de un doble relato en el que lo sonoro y lo literario “se dan la mano”.

“El léxico es lo que nos conecta con nuestra realidad cotidiana: describimos las cosas que nos interesan e importan. Por tanto, cuando la cultura se relacionaba con el medio natural, esas palabras eran muy precisas y abundantes”, afirma, al tiempo que destaca “lo interesante de nombrar a los animales por su voz: ejemplo de ello es, entre otros, el cuco”.

Más de 35 años han pasado desde su primera grabación de campo, aquella berrea que supuso un “shock”: “No he vuelto a hacer otra cosa desde entonces”. Aquel fue el primer paso de lo que él mismo describe como “un largo viaje por los sonidos de la naturaleza” para crear un archivo que ya cuenta con “horas y horas de gemidos y testarazos de ciervos”.

La berrea es el ritual de otoño por excelencia de la naturaleza y también se ha convertido en una ceremonia para él, pues calcula que, desde entonces, no se ha perdido ninguna, y aunque asegura que no tiene “sonidos predilectos”, reconoce que “hay pocas cosas más emocionantes que el aullido de un lobo, ni muchas comparables al maullido de un lince”. Sin embargo, si tuviese que elegir un “tótem sonoro”, confiesa que escogería la grulla: “Un animal vocinguero, ruidoso y alegre que trae consigo el invierno y que parece recordarnos que no es una estación tan mala”.

Carlos de Hita se describe a sí mismo como un “coleccionista de fotos sonoras” que también tiene mucho de activista: “La crisis ambiental es de tal calibre que no vale la pena acercarte a ella sin un espíritu crítico”. Por ello cuenta que, como cada uno con sus herramientas, él utiliza sus grabaciones “para persuadir”, compartiendo “la belleza que hay fuera para que la gente le coja el gusto y lo valore”. “No tengo una misión, pero sí una intención”, apostilla.

Se suele decir que “en el campo, una buena espera nunca decepciona” y Carlos de Hita lleva tres décadas agazapado, paciente y atento a la voz de la naturaleza, que le ha revelado, como testigo “privilegiado” el “empobrecimiento del paisaje sonoro”. Y es que cuantas menos voces, menos biodiversidad: “Muchos han callado… los insectos hacen menos ruido, zumban menos las abejas”.

“El análisis del sonido coincide plenamente con los datos”, afirma, pues sus grabaciones, que funcionan como “termómetro del empobrecimiento” constatan que “de cada cuatro codornices que silbaban hace años, ahora ya solo quedan dos; se han callado cuatro de cada diez golondrinas” y “una de cada tres calandrias”.

El sonograma avanza así hacia la “uniformidad”, hacia la “homogeneización” del paisaje: “Es todo un síntoma; el ruido humano permanece como un telón de fondo, una mancha sucia y gris que se expande con la mecanización, el tráfico o la maquinaria agrícola. Está más presente, llega más lejos y empobrece el paisaje sonoro, que es la medida de la biodiversidad”.

Por todo ello, reivindica el “respeto absoluto” hacia el medio natural, pues “el máximo no es llevarse el trofeo a casa, sino dejar de ser una amenaza” como forma de relación con los animales: “El gran descubrimiento es que podemos entendernos”.

En este sentido, reconoce que “la gran noticia” que ha dejado la pandemia es que “la naturaleza recuperó un poquito de su espacio y la gente se puso a mirar y a escuchar; había millones de observadores en la ventana, esperando que sucediera algo y descubrieron un mundo sorprendente”. “Fuimos 100 años atrás, se callaron los coches, y la naturaleza se expresó como lo hizo siempre antes de que la mancha de ruido lo tapara todo”, apunta.

A la luz de la evidencia, considera que a estas alturas, quien no está convencido de la crisis ambiental o el cambio climático es porque no quiere: “No creo que nadie dude de que es verdad, sino que muchos no lo quieren reconocer”.

Por ello, convida a defender la naturaleza como “fuente inagotable de belleza y disfrute” y, aunque desconoce si estamos a tiempo de salvarla, se aferra a creer que sí: “Si mañana fuera el fin del mundo, aún plantaría un árbol”.