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Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández

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Jornada sobre movilidad sostenible y autoconsumo

Gracias por darme la oportunidad de participar en esta jornada sobre movilidad sostenible y autoconsumo. Ustedes abordarán dos cuestiones que décadas atrás eran estampas futuristas: la expansión de los vehículos no contaminantes —los eléctricos, principalmente— y el autoabastecimiento energético. Ambas me dan pie a reflexionar sobre el porvenir, el porvenir que está aquí, haciéndose sólido en el presente, y el que nos espera a la vuelta de la esquina. Verán, los humanos siempre han ansiado gobernar el calendario del futuro. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando George Orwell escribió su famosa distopía, decidió situar a su Gran Hermano en un lejano y opresivo 1984. Años después, Stanley Kubrick fechó en 2001 el pulso con la supercomputadora Hal. En fin, si atendemos a la taquillera Terminator, en poco tiempo, en 2029, un cyborg será enviado al pasado para evitar la aniquilación de la humanidad. Lo apocalíptico siempre ha tenido buena prensa, aunque jamás se cumpla. Son ejemplos de la literatura y del cine, pero también los hay más sesudos. Recordemos el muy maltusiano informe que el Club de Roma emitió en 1972 sobre los límites de crecimiento, cuando alertaba que el aumento de la población abocaba a la Tierra al colapso. No puedo evitar que todo este afán, comprensible afán, del ser humano por pronosticar el devenir y ordenar su destino me recuerde las críticas de Hayek a la fatal arrogancia de la razón, por más cartesiano que uno sea y más distante que esté de las tesis del austriaco. Hoy, el apocalipsis se apellida combustión, dióxido de carbono, deshielo, extinción de especies, calentamiento climático. Se predicen sus consecuencias a fecha cierta y, para evitarlas, se fijan también otras estimaciones a golpe de calendarios de descarbonización. Los acuerdos de París, la Hoja de ruta hacia una economía hipocarbónica en 2050, la Hoja de ruta de la energía para 2050 o, en España, el Marco Estratégico de Energía y Clima, son muestras de la misma voluntad: frente a una hecatombe a plazos fijos, una salvación a plazos fijos. En el antropoceno, resume Maldonado, el hombre se hace con las riendas del planeta. Una voluntad que, déjenme precisarlo, también comparto. A estas alturas, el negacionismo es peor que una arrogancia: es una sinrazón. Este preámbulo no responde a un escepticismo acientífico: ocurre que la Unión Europea no sólo se suma con responsabilidad a liderar la lucha contra el cambio climático, sino que parece dispuesta a lanzarse a una especie de carrera por acortar los calendarios. Y es entonces, en ese punto, cuando entiendo que debemos estar alerta y controlar bien nuestra velocidad, porque las prisas locales en un asunto global no son aconsejables. Si eso es predicable de un espacio de la dimensión geográfica, poblacional y económica de la Unión, resulta mucho más apropiado para el caso español. ¿Recuerdan a Casandra? La sacerdotisa sufría un castigo especial: dotada con la capacidad de la profecía, estaba condenada a que nadie la creyera. Pues les aseguro que no tengo gana alguna de emularla: deseo sinceramente que todas las incertidumbres que amenazan la industria europea se desvanezcan “como lágrimas en la lluvia”, por seguir tirando del cine de ciencia ficción. Pero, mientras tanto, como presidente de Asturias, una región de tradición industrial que ha afrontado de forma sucesiva una reconversión y una crisis global, estoy obligado a alertar de los riesgos que existen (y, por desgracia, se cumplen). Es cierto que uno es prisionero de sus palabras y dueño de sus silencios, pero el silencio no siempre es inocuo: también puede resultar irresponsable, y yo no me puedo consentir la irresponsabilidad. Vuelvo a lo que he afirmado en muchas ocasiones: la transición energética debe hacerse de forma progresiva, de modo que no queden atrás trabajadores, industrias ni territorios. Esa es hoy una reivindicación común de la sociedad asturiana que implica a empresarios, sindicatos y partidos. También existe una convicción general de que Europa debe imponer un arancel ambiental que impida la pérdida de competitividad de su industria —pongamos la siderúrgica— frente a otros países. La industria europea compite en desventaja frente a un triple dumping: el social, el fiscal y el ambiental. Estamos acostumbrados a denunciar los dos primeros y ahora hemos de combatir también el tercero. Pero para ser coherentes con este planteamiento, no pidamos a Europa que pise más de la cuenta el acelerador de la descarbonización, porque no haríamos otra cosa que aumentar la desventaja industrial de la Unión, de España y de Asturias. De Asturias, porque las características de nuestra economía son las que son, con una industria que aporta más del 21% del PIB, con una alta concentración de empresas electrointensivas y un peso destacado del sector energético. De todo esto no se puede concluir que somos una comunidad negada al cambio. No somos tan ilusos ni tan suicidas como para oponernos a caminar hacia una economía descarbonizada. Al contrario, nuestra herencia industrial debería permitirnos afrontar mejor esa transformación inevitable. Disponemos de empresas y profesionales adecuados y estamos avanzando en sectores emergentes como los que hoy nos ocupan: el autoconsumo y la movilidad sostenible, en especial, la asociada a la electricidad y el gas. Como ustedes saben, la movilidad sostenible no se reduce a conseguir coches eléctricos con más autonomía (ya los hay con capacidad para recorrer 250-300 kilómetros sin recargar). También son necesarias infraestructuras —la más obvia, una red de recarga— y la incorporación de tecnologías de la información. Pues bien, todos esos objetivos persigue el Gobierno asturiano desde 2017 a través de la Mesa para el Fomento del Vehículo Eléctrico, en la que participan la Fundación Asturiana de la Energía y EDP, junto con otras asociaciones y empresas, como la Asociación para el Desarrollo del Vehículo Eléctrico, Phoenix Contact y el grupo Resnova. La Mesa es un ejemplo de colaboración público-privada. Actualmente, disponemos de cerca de cien puntos públicos de recarga. Y, además, 14 de ellos son de recarga rápida, aproximadamente el 10% de los instalados en toda España. A día de hoy, la red está siendo utilizada por unos 350 vehículos. Esa es una buena muestra, una muestra reveladora de que Asturias no se niega al futuro, sino que se prepara para ganarlo. No es la única: en diciembre de 2018, constituimos la Mesa para el Fomento del Gas Vehicular, con participación de la Universidad, el Idepa y numerosas compañías y asociaciones relacionadas con el transporte, la energía y los combustibles. De igual manera, desde 2017 hemos dispuesto año tras año líneas específicas de ayudas para impulsar la movilidad sostenible. Lo mismo podemos afirmar a propósito del autoconsumo. Los cambios legislativos aprobados recientemente por el Gobierno de España con la eliminación del “impuesto al sol” y otras medidas abren una oportunidad de negocio a la que Asturias ni se puede considerar ajena ni se puede permitir desaprovechar. En nuestra comunidad, ya hay empresas que pueden ofrecer proyectos de alto valor añadido en este ámbito. Coches eléctricos, grandes camiones que funcionan con gas licuado, un centenar de puntos de recarga, dos estaciones —una en Roces y otra en Noreña— para el suministro de gas, tanto para camiones como turismos, empresas especializadas en el autoconsumo energético… Ciertamente, esas no son las señas de una comunidad que se empeña en cerrar sus postigos al cambio. Y es que, bien al contrario, Asturias está dispuesta a ganar el futuro, a combinar el impulso público con la colaboración empresarial para avanzar en la movilidad sostenible, en el autoabastecimiento energético y, cómo no, en la descarbonización. Sobre nuestra voluntad no pueden quedar dudas. Pero tampoco sobre cuál es nuestro punto de partida, esa realidad industrial imprescindible para Avilés, Gijón, para toda Asturias. En verdad, sólo pedimos una cosa: tiempo, el tiempo necesario para alcanzar el futuro. Que la prisa por decretar el porvenir a golpe de calendario no arrase el presente.

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