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Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández

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Inauguración Tartiere Auto Audi en Gijón

Tengo que empezar dándoles las gracias por haberme invitado a intervenir en este acto. Hoy podré proclamar con rotundidad y sin exagerar que estas instalaciones son las de un sector que va sobre ruedas. Comprendan que a estas alturas uno no desaproveche semejante oportunidad. Bromas aparte, les agradezco su impulso empresarial, que es el que nos permite inaugurar hoy estas modernas instalaciones. El fortalecimiento de una sociedad —y, en este caso, de una tan acreditada como Tartiere Auto— siempre es una buena noticia. Ahí están sus datos de facturación de 2017: 71,7 millones, con un crecimiento del 73% sobre el ejercicio anterior. Espero sinceramente que esta positiva evolución se consolide. Cuando una compañía tiene esa importancia económica y da empleo a más de 160 personas es mucho lo que está en juego. Verán, soy de una generación en la que el coche tenía mucha relevancia. Primero, no era un objeto tan común, y su posesión estaba asociada a un estatus determinado. Después se popularizó como una herramienta de trabajo y, más aún, casi como una prolongación del desarrollo individual. Aprobar el carné y conducir tu propio vehículo eran prácticamente dos ritos de paso hacia la autonomía personal y económica. De la rebeldía juvenil de James Dean y la carrera suicida al borde del acantilado hasta el pequeño utilitario de Sor Citroën, el coche fue un protagonista estelar del gran desarrollo del siglo XX. Todo eso ha ido cambiando. La transformación que espera al sector del automóvil es enorme. Las ciudades, que antes absorbían los coches con la fuerza gravitatoria de inmensos agujeros negros, ahora los expulsan. Los jóvenes tienden más que nunca a compartir vehículo y al transporte colectivo. Las exigencias contra el cambio climático están catalizando el recurso a otras fuentes de energía y, en especial, a los modelos eléctricos, entre los cuales el e-tron que aquí se presenta es un destacado ejemplo. Y, en fin, la progresiva renuncia a la combustión conllevará también un cambio general de materiales en la fabricación de los autos, con su impacto sobre la industria siderurgia y metalmecánica. Y digo que paro aquí para no adentrarme en el futuro de coches sin conductor y su correlato de dilemas éticos en caso de accidentes, que casi nos lleva ante las puertas de las leyes de la robótica de Asimov. Evidentemente, no tengo respuesta para cada uno de esos desafíos. Para eso están los departamentos de investigación de las empresas, los diseños urbanísticos, los planes de movilidad e incluso los psicólogos sociales. Pero, verán, la política provoca siempre una tensión entre lo que es y lo que debería ser, que viene a ser algo parecido a la distinción que hacía Weber entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Si de mí dependiera, contaría de hoy para mañana con ciudades más limpias articuladas con grandes áreas verdes y peatonales, vedadas de facto al coche particular, el transporte colectivo sería incluso mejor, y los vehículos no reducirían sus emisiones, sino que las eliminarían por completo. ¿Hay alguien que se oponga, que elija lo contrario? Doy por hecho que no. Pero mientras abogo por ese horizonte, he de fijarme en la realidad.

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