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Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Adrián Barbón

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Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres

Empiezo con un deseo. Que haya un día en el que no necesitemos reunirnos, que no tengamos que ver y escuchar con el ánimo encogido un audiovisual como el que acaba de proyectarse. Un día en el que no sea necesario condenar la violencia sobre las mujeres. No me digáis que sueño, no se os ocurra. Repito, no me digáis que sueño por pensar en un lugar y un tiempo donde nacer mujer no conlleve el riesgo de ser víctima ni de ataques sexuales ni de palizas ni de humillaciones ni de cualquier forma de agresión machista. Pienso en mi tierra y quiero que ese lugar sea Asturias y el tiempo ahora, cuanto antes. Os pido que no cedamos al escepticismo. Tenemos la obligación de preguntarnos por qué esta aspiración –desterrar la violencia contra las mujeres, que es la violencia contra media humanidad- puede aparentarnos lejana. No, no hemos llegado hasta aquí para detenernos. Ellas no lo merecen. Ellas, las víctimas, que hoy y siempre somos todos y todas porque nuestro lugar debe estar siempre a su lado. Por favor, por malas noticias que lleguen, no interioricemos la resignación. Impongámonoslo como un deber, repitámoslo: acabar con la violencia de género no puede ser una utopía. Convenzámonos de que está en nuestras manos, en nuestras manos juntas, hacerlo realidad. Estamos aquí para recordar y honrar a las víctimas, pero también para algo más: para reforzarnos en la convicción de que la mejor Asturias será la de la igualdad, la que haya enterrado el machismo bien hondo para que no pueda siquiera arañar la superficie. A ese objetivo os convoco. La proyección me ha impresionado. Me hace pensar en el rastro de la violencia, en la huella familiar del maltrato. En las hijas e hijos que conviven por fuerza con el horror, que pueden convertirse en correas de transmisión de la violencia para las próximas generaciones y que en ocasiones son las víctimas elegidas para causar el mayor daño posible a sus madres, como el torturador que aprieta el nervio más doloroso. El horror, repito. Fijémonos en que el año pasado cerca del 46% de las personas ingresadas en la red de casas de acogida del Principado fueron menores cuyas madres sufrieron algún tipo de agresión. Démonos cuenta del problema: casi cinco de cada diez. El lema elegido por la Dirección General de Igualdad para esta edición del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres es, precisamente, Que la violencia de género no pase de generación en generación. Es un acierto poner el foco en esta faceta, como también es un acierto el acuerdo alcanzado con el Consorcio de Transportes para que antes de fin de año se pongan en marcha las paradas a demanda en los autobuses. Tanto en líneas urbanas como interurbanas, las usuarias podrán solicitar al conductor que se detenga fuera de las paradas habituales. Pero yo quiero seguir hablándoos de mi anhelo. Hace tiempo que el feminismo revoluciona el mundo. Como dice la letra de La Internacional, está cambiando al mundo de base. Estoy convencido de que es una fuerza imparable, tan potente que acabará penetrando todas las culturas, escalando todos los muros y rebasando todas las fronteras. Y, sin embargo, también ocurren cosas que han de preocuparnos y mantenernos alerta. Hasta hace poco, había un consenso general en la sociedad española contra la violencia machista. Sí, acaso con matices, no con el mismo empuje, pero ese acuerdo de fondo existía. Era un anclaje compartido, propio de una sociedad moderna, democrática, defensora de la igualdad. Pues hoy no existe. Sé que estamos en un acto institucional y soy consciente de las limitaciones que apareja, pero dejadme hacer una petición: preservemos ese entendimiento y no cedamos ante quienes niegan la realidad de los ataques contra las mujeres. No apelo a un interés de partido, ni siquiera ideológico, sino al afán de construir una sociedad mejor. Porque, como proclamaba Kate Millet, “lo personal es político”. Y la política es diálogo, transacción, pacto, tiene sus episodios de interpretación y sus exigencias de guion. Sé que a muchas personas, especialmente a quienes la viven con cierta lejanía, les parece que en ese saco cabe prácticamente de todo, como en la bolsa de un buhonero o en la chistera de un prestidigitador. A buen seguro llevan parte de razón y nosotros mismos les suministramos a menudo argumentos para su escepticismo. Pero hay cuestiones ante las que no cabe ceder ni refugiarse en la equidistancia, ante las que no cabe pactar ni transigir, y una de ellas es el rechazo rotundo a las agresiones contra las mujeres. La lucha contra la violencia de género traza uno de esos límites. Por el bien de la sociedad española espero que todos los demócratas sepamos que sólo nos vale un lado, el lado de la igualdad. Recuperemos y consolidemos ese entendimiento. Lo espero también para Asturias, lógicamente. Si desde hace décadas el Principado está a la vanguardia de las medidas a favor de las víctimas, si ha sido pionera en la legislación contra la violencia de género, si ha dado ejemplo con la casa malva, yo no consentiré un solo paso atrás, os lo prometo. El Gobierno de Asturias va a seguir empeñado en la defensa de la igualdad y no va a titubear siquiera un instante ante ninguna fuerza que niegue la existencia de las agresiones contra las mujeres. Lo que pido hoy desde aquí a todas las demás fuerzas democráticas, a las asociaciones de mujeres, a los ayuntamientos e instituciones que estáis representadas en este acto, es que tampoco nos dejéis, que nos empujéis para seguir avanzando hacia ese propósito. Hacia ese deseo que os decía al principio: que haya un día en el que no necesitemos reunirnos para recordar a nuestras víctimas, las víctimas de la desigualdad.

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