Inicio Asturias Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Adrián Barbón

Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Adrián Barbón

0

II Premio Castelao a Nicolás Arganza

Discúlpenme si empiezo metiéndome en su terreno con un par de citas. Decía Le Corbusier que la arquitectura tiene que conmover, pero también tiene que servir. Si nos vamos más lejos en el tiempo, ya en Roma dejó sentados Vitrubio los tres principios básicos de esta disciplina, que es técnica y arte a la vez: firmeza, utilidad y belleza. Perdonen, insisto, en que me atreva con estos dos grandes nombres de su profesión, de los que ustedes saben mucho más que yo, pero sus reflexiones me sirven para destacar una similitud entre la arquitectura y la política: su utilidad. Ambas deben servir a la sociedad y si incumplen esta función tanto la una como la otra habrán fracasado. El empeño es el mismo: aspiramos a servir a una ciudadanía que delega en nosotros la función de garantizar no sólo la convivencia, sino, sobre todo, la buenavivencia, si me permiten el neologismo. El sentido de la política, y el de la arquitectura, es ese: servir a las personas para hacer sus mejores sus vidas, más confortables y acogedoras. Por eso es tan importante que la política sea fructífera, que funcione, que resuelva problemas, que no se enmarañe en las palabras ni se atasque en dogmatismos ni se atrinchere en líneas rojas. Si se quedase ahí, sería como bocetar un gran edificio irrealizable: un ejercicio inútil para la ciudadanía. Un sinsentido. El fallo del II Premio Castelao que concede el Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias a Nicolás Arganza García destaca precisamente que sus diseños, a pesar de tratarse de grandes superficies, se disgregan en cuerpos más pequeños, lo que además de contribuir a su integración en el entorno, les dota de “una adecuada funcionalidad”. Nicolás Arganza ha logrado, a lo largo de su larga carrera, alcanzar esa tríada perfecta a la que me he referido. Sus compañeros lo consideran el maestro de la funcionalidad porque diseña sus edificios pensando en sus futuros ocupantes. En palabras del propio galardonado: “siempre traté de que los que vivieran en esas casas disfrutaran de ellas”. Nada puede haber más útil. Este premio ha valorado la excelencia en su trabajo y su compromiso vital con una profesión en la que ha dejado huella. Una huella, además, insoslayable. Pocas personas podrán permanecer indiferentes ante la contemplación de esta sede del Banco de España en la que hoy nos encontramos. Su presencia rotunda y sólida transmite seguridad, equilibrio, permanencia. Como debe ser un buen banco. Pero al mismo tiempo, la arboleda que lo circunda y la lámina de agua que, en parte, lo rodea suavizan su densidad y lo convierten en un espacio reservado, casi misterioso. Ahí está el genio de un arquitecto que, sirviéndose de la realidad, diseña volúmenes imaginativos que la superan y llegan un poco más lejos: a la emoción de la que hablaba Le Corbusier; a la belleza. No voy a extenderme en los muchos logros que Nicolás Arganza ha conseguido en una actividad profesional extensa y bien conocida por todos. Considerado un icono de la arquitectura ovetense, su trabajo contribuyó al crecimiento y expansión de esta ciudad en los años setenta y ochenta del siglo pasado. Desde entonces, una larga lista de calles lucen sus singulares construcciones, prácticas y, sobre todo, innovadoras: Santa Susana, Quintana, General Zuvillaga, Gil de Jaz, Independencia, General Elorza, y barrios como Ciudad Naranco u Otero. Cualquiera que haya vivido en Oviedo, por poco tiempo que fuera, recordará como una de sus imágenes más original y reconocible la de las torres blancas de Otero, cinco edificios de once pisos de altura y viviendas idénticas, de avanzado diseño para su época. Fueron construidas con un sistema modular que nunca antes se había utilizado en Asturias y era tan espectacular su sistema de montaje como lo fue su resultado. En esa época cambiaban muchas cosas en esta ciudad y una de ellas fue la distribución interior de las viviendas, esa que ahora nos resulta tan familiar que tal parece llevar toda la vida con nosotros, pero no es así. Hasta la década de los setenta las casas se organizaban en torno a un interminable pasillo, con una zona anterior donde se ubicaba el salón, otra posterior para los dormitorios y donde el largo intermedio se reservaba para la cocina. Quién iba a decirnos que reducir a la mitad el fondo de un edificio nos daría más luz, al permitir patios más grandes, y un hogar más acogedor. Pues Arganza supo verlo. Resultado de su trabajo son también los colegios de Las Teresianas, en Oviedo, y de Meres, en Siero, y la Escuela de Estomatología y la Facultad de Derecho, ambas en el Campus de El Cristo, centros educativos que parecen demostrar una querencia suya por dotar estos espacios de la tan necesaria utilidad que en ellos es, además, exigida. Encontrarán esa funcionalidad en las aulas de planta octogonal del Colegio de Meres, diseñada así para aproximar a profesor y alumnos y hacer más fácil la comunicación. No olvido la segunda vocación de Arganza, el rugby, deporte en el que llegó a ser internacional con las selecciones castellana y española, una carrera que tuvo que abandonar porque la arquitectura siempre fue el primer y más intenso amor. Gracias al Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias por invitarme a participar en este acto y en la entrega de un premio tan merecido. Mi más sincera enhorabuena a Nicolás Arganza por un galardón que nos brinda la oportunidad de reconocer un gran trabajo hecho con firmeza, utilidad y belleza. Gracias y enhorabuena.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Nombre