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El pasado industrial andaluz desmonta falsas creencias

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Sevilla contabilizaba en 1930 casi 200 fábricas, Málaga llegó a ser en 1850 la segunda ciudad industrial española… Andalucía atesora un legado industrial a veces olvidado


Nada como recurrir a la Historia para desmentir mitos y falsas creencias. Uno de ellos es que Andalucía siempre estuvo en el vagón de cola de la industrialización. Esa creencia es simplista y no se ajusta del todo a la realidad. La comunidad sí tuvo un despegue industrial relevante en el contexto nacional y a mediados del siglo XIX aportaba el 18% a la actividad del país. A esta preponderancia contribuyeron provincias como Sevilla, Málaga, Huelva o Córdoba, que dieron auge a actividades productivas boyantes como la siderúrgica, la textil algodonera, la química o la minera. El Atlas de Historia Económica de Andalucía documenta este desarrollo económico de la comunidad entre los siglos XIX y XX.

Este atlas del Instituto de Estadística y Cartografía (IECA), dependiente de la Consejería de Transformación Económica, Industria, Conocimiento y Universidades, constituye una valiosa herramienta en formato web enfocada al público general que, a través de mapas, gráficos y fotos históricas, logra que una materia tan densa esté al alcance incluso de los escolares.

Labores de acarreo en una bodega de Jerez de la Frontera a mediados del siglo XX.

Es habitual calificar con el término de fracaso al proceso de industrialización andaluza. Sin embargo, la industria andaluza mantiene hasta bien avanzado el siglo XIX una participación en el producto industrial nacional bastante pareja a su peso poblacional, entre el 17% y el 18%. No obstante, la comunidad rápidamente se aleja de las dos regiones claves de este desarrollo en la geografía nacional: Cataluña, que hacia 1830 se encuentra sólo ligeramente por encima, y el País Vasco, que sólo superará a la región ya avanzado el siglo XIX.

A partir de finales del siglo XIX y, sobre todo, tras la Guerra Civil española es cuando la industria andaluza pierde peso en el territorio nacional. Entre 1930 y 1960 desciende unos siete puntos porcentuales su participación en el producto industrial español y en 1960 aportaba poco más del 8% al conjunto del país.

Vista aérea de Huelva hacia 1940.

En la economía regional, la industria mantiene una contribución muy estable hasta los años finales del siglo XX, siempre algo por encima del 20% del Valor Añadido Bruto regional (VAB). El fuerte proceso de terciarización ocurrido en las últimas décadas en la economía andaluza ha reducido significativamente el peso de la industria, que hacia 2006 aportó un 12,2% al VAB.

Desde el segundo tercio del siglo XIX hasta la segunda mitad del XX es muy considerable en Andalucía la actividad industrial asociada a la minería, contándose numerosos establecimientos, fundiciones sobre todo, repartidos en especial por las comarcas mineras de Almería, Córdoba, Jaén y Huelva.

Fundición La Tortilla, en Linares (Jaén). Postal de principios del siglo XX.

La agroindustria también ha sido históricamente un sector clave de la economía regional contemporánea, tanto por su importante peso en la producción final, como por la dispersión de los subsectores agroindustriales por todo el territorio regional. Desde ciudades medias o grandes, como Jerez de la Frontera y su industria del vino, a pequeños núcleos como Benalúa de Guadix y su histórica industria azucarera.

Interior de una bodega de Jerez de la Frontera. Tarjeta postal de la década de 1920.

A lo largo del siglo XX, las provincias de Huelva y Cádiz, junto con la de Sevilla, se sitúan por encima de la media regional en cuanto a intensidad industrial. La de Huelva, primero por el peso de la minería y actividades relacionadas y desde 1964 por acoger un polo de desarrollo especializado en la industria química e implantado en la capital y sus alrededores. La de Cádiz experimenta una recuperación al final de siglo al designarse el Campo de Gibraltar en 1966 como Zona de Preferente Localización Industrial y la Bahía de Cádiz, ya en la década de 1980, como Zona de Urgente Reindustrialización.

Fábrica de ácido sulfúrico de Riotinto. Publicada hacia 1912 en el Portfolio Fotográfico de España.

·Málaga y la revolución siderúrgica hispana

·La evolución industrial de Sevilla

·Antecedentes de la industrialización andaluza: Fábricas reales y la industria de la lana y la sede

Málaga y la revolución siderúrgica hispana

Málaga representa un caso singular en el panorama de la primera industrialización en Andalucía y en España. Después de un rápido ascenso desde mediados de la década de 1830, en la de 1850 figura como la segunda ciudad industrial española a continuación de Barcelona, y la primera andaluza, con notable ventaja sobre las demás capitales de la región.

Esa posición se basó en el temprano desarrollo de sectores de vanguardia de la moderna industrialización bajo esquemas fabriles (siderometalurgia, textil algodonero y química), junto con el progreso de otros subsectores más tradicionales como, sobre todo, los relacionados con productos agrarios (vinos, azúcar…). Esta expansión industrial malagueña de carácter innovador, vinculada a una élite con capitales de origen mercantil en la que resaltan los apellidos Heredia, Larios y Loring, alcanzaría sus cotas más altas a comienzos de la década de 1860, para decaer luego y experimentar un profundo reajuste desde comienzos del siglo XX.

Tarjeta postal de Málaga en papel fotográfico publicada por Ediciones Unique en torno a 1930.

Málaga encabeza la que se ha llamado ‘revolución siderúrgica hispana’. Junto a las instalaciones de Marbella para la producción de hierro colado, en la capital crecen desde la década de 1830 una gran fábrica, La Constancia, de Heredia, y otra, El Ángel, dedicadas al afino y productos metalúrgicos derivados. Su importancia es tal que en 1844 se estima que el 72% de toda la fundición española se elaboraba en Málaga. Este predominio menguaría considerablemente desde la década de 1860.

La otra rama de la industria moderna en la que Málaga juega un papel precursor es el textil algodonero. En Málaga se establecen en las décadas de 1840 y 1850 dos fábricas de tejidos a gran escala: La Industria Malagueña y La Aurora, que rivalizan con las factorías catalanas. Si en 1856 se localizaba en las empresas malagueñas de grandes dimensiones el 70% del utillaje de las algodoneras andaluzas (14.000 husos y 484 telares mecánicos), en 1879, tras haberse doblado, acumulaban ya la práctica totalidad (31.655 y 1.381 respectivamente). Aún así, la aportación relativa al total nacional de las algodoneras malagueñas quedaría lejos de las cuotas de la siderurgia.

Asociada a la siderurgia y textil, en Málaga surgió asimismo una industria química de cierto peso, con una gran planta instalada junto a la ferrería de La Constancia. Su producción, que iba más allá de las necesidades del consumo local, llegó a suponer alrededor del 17% del ácido sulfúrico fabricado en España hacia 1860. La industria de Málaga fue pionera en la introducción de la maquinaria de vapor y de otras tecnologías avanzadas de la primera revolución industrial, como los hornos aplicados a la siderurgia.

El caso de Málaga, junto a su consideración como modelo pionero de la industrialización andaluza, se presentó también como ejemplo de ‘desindustrialización’ o quiebra de este proceso, en virtud del retroceso que sufrieron a fines del siglo XIX sus sectores considerados más punteros de la revolución industrial (siderurgia, textil y química).

Desde hace ya algunos años, sin embargo, gana terreno una visión más matizada. Más que de un colapso, se produjo un lento deterioro y reajuste industrial con cambios de ritmo, disminución de los sectores líderes y aumento, sobre todo, de las industrias agroalimentarias, de inferior aportación, en consonancia con la estructura económica que siguió prevaleciendo en la región y en la provincia. La definitiva y ‘verdadera desindustrialización’ se produciría más tarde, entre 1930 y 1960, dando paso al cambio estructural que situaría a los servicios a la cabeza de la economía malagueña, con mucha diferencia sobre la agricultura y la industria.

En el tránsito del XIX al XX, la participación de Málaga en el índice industrial fabril, en relación al conjunto de las provincias de Andalucía, pasaría del 29,5% en 1836 al 13,7% en 1856, para ascender al 16,2% en 1900 y reducirse definitivamente hasta el 9,8% en 1930.

Playa de San Andrés, en Málaga, en la década de 1930.

El coste del combustible, la competencia nacional y extranjera y otros factores provocaron que la siderurgia malagueña decayera con rapidez desde 1860, cerrándose las grandes ferrerías en el cambio de siglo. Perduraron y proliferaron, a cambio, los talleres de transformados metálicos en instalaciones a menor escala. Sin embargo, el subsector siderometalúrgico malagueño contrae su aportación casi a la mitad entre mediados del XIX y comienzos del XX.

Similar tendencia afecta a la química, con una disminución de productos químicos básicos y de la importante producción de jabón, aunque experimenta una recuperación a lo largo del primer tercio del XX con el desarrollo, por ejemplo, de los fertilizantes agrícolas. Más paulatino es el declive, desde 1880, de las grandes fábricas textiles, que cierran o languidecen.

En contraste, incrementan su cuota a principios del XX, con un apreciable repunte en la década de 1920, los establecimientos energéticos (gas, electricidad, refino y depósitos de petróleo), tejares, fabricación de cemento y, en especial, la agroindustria (fábricas de harina, aceite, vino, azúcar…), que en 1900 pasa a representar más del 62% del componente industrial de Málaga. En las décadas posteriores este sector se afianza, tal como deja ver la extensión de sus dependencias en los barrios industriales y la periferia malagueña.

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La evolución industrial de Sevilla

En el panorama industrial de Andalucía entre los siglos XIX y XX, Sevilla representa un caso de progreso paulatino, en contraste con el rápido arranque y posterior reajuste de Málaga, que la lleva a convertirse en el principal foco industrial de la región. Mientras la capital malagueña se erige en cabecera de un distrito industrial, que abarca un amplio tramo del litoral provincial, Sevilla figura como un núcleo concentrado, señalándose tan sólo el establecimiento siderúrgico de El Pedroso, en los inicios de la Sierra Norte.

En la década de 1850 se observa un cambio: mientras Málaga retrocede, la provincia de Sevilla avanza hasta detentar el índice de producción fabril más alto de la región, el 28,9%. Favorecida por su demografía, renta y papel en las actividades mercantiles, agrarias y manufactureras de la Baja Andalucía, en 1857 la ciudad cuenta con más de una docena de establecimientos industriales, varios de gran tamaño, de construcciones metálicas y maquinaria, energía, química, elaboración de productos agrarios y cerámica.

La evolución hasta 1900 está caracterizada por una fase de dinamismo seguida por una etapa de relativo estancamiento. Su confirmación como polo industrial se acentúa desde 1910 a 1930, con una expansión que se refuerza en los sectores metalúrgico, químico (superfosfatos), energético y textil, mientras disminuye el peso relativo de la producción agroindustrial.

Los inicios del impulso industrial en Sevilla se apoyan en las fundiciones, instalaciones del sector químico (jabones, velas) y energético (gas) y otros segmentos, como una fábrica de harina o la de productos cerámicos de La Cartuja. Ocupan una posición muy destacada las fábricas estatales: tabacos, artillería, pirotecnia.

El peso de la rama alimentaria (71,6%) y de alfarería y otros (13,8%), frente a las producciones metalúrgicas y la industria moderna, revelan el predominio de un entramado manufacturero preindustrial que no se ha renovado. La distribución espacial de las fábricas preludia las líneas futuras: el río y caminos mayores actúan como ejes y se apunta una localización preferente en el casco, en los barrios de tradición artesanal, en la periferia inmediata y en los arrabales, como el sector de Plaza de Armas o Triana.

En torno a 1900, se contempla una multiplicación de establecimientos industriales, hasta 85, respecto a las décadas anteriores, con una honda huella en la configuración de la ciudad, sobresaliendo las fundiciones, las relacionadas con la cerámica, madera, corcho, agroindustria (harina, aceite, tabaco), química, textil y energía (electricidad, petróleo, gas). En términos generales, se trata de una industria ligada al entorno agrario, tanto para la fabricación de utillaje como para la elaboración de productos, a la modernización de manufacturas tradicionales y a las exigencias del crecimiento urbano. Es notable la implantación de fábricas y almacenes en las inmediaciones de los tendidos ferroviarios.

Sevilla, en torno a la década de 1860.

Hacia 1930 se contabilizan ya en Sevilla 189 establecimientos fabriles, si bien se apunta la localización de algunas industrias en la periferia del término, especialmente en San Jerónimo y los terrenos inmediatos al nuevo puerto, y otras poblaciones del ámbito provincial, varias de ellas en el área de influencia de la capital, como San Juan de Aznalfarache. Como zonas industriales preferentes pueden mencionarse la Macarena, Torneo y el casco norte, la carretera de Carmona, San Jerónimo, Nervión, Tabladilla, el Canal de Alfonso XIII, Triana y La Cartuja.

La cifra de establecimientos industriales existentes en la ciudad de Sevilla en 1857, 1900 y 1930 indica la importancia inicial de los establecimientos siderometalúrgicos en los primeros tiempos, disminuyendo su importancia relativa hasta 1930. En contraste se asiste a un aumento, aunque no excesivo en términos absolutos, de los establecimientos agroindustriales, dadas las dimensiones medias o grandes de cada uno de ellos. En cambio la subida numérica de talleres y otros locales industriales relacionados con la cerámica, la construcción, etc. es mucho más acusada entre 1857 y 1930, tanto con la intensificación de su actividad como por la proliferación de multitud de ellos de menor tamaño.

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Antecedentes de la industrialización andaluza: Fábricas reales y la industria de la lana y la sede

Durante el siglo XVIII la monarquía ilustrada de los Borbones promocionó la creación de establecimientos industriales mediante los que se organizaba la producción de bienes suntuarios, bienes vinculados a los monopolios o regalías fiscales y efectos de carácter militar. Surgen así las Fábricas Reales ya sean como ramas de actividad novedosas (naipes de Macharaviaya, hojalata de Júzcar) o como reorganización de labores y producciones preexistentes (tabaco, moneda, artillería o salitre en Sevilla, artillería en Cádiz) cuya dirección y gestión pasa directamente a manos de funcionarios reales.

Buena parte de las fábricas creadas en esos años tienen una breve existencia y apenas sobreviven unas decenas de años.

Entre las más importantes iniciativas, destaca la Real Fábrica de Salitre de Sevilla, situada entre las puertas del Sol y del Osario y junto a ella en la ciudad sobresalen en la etapa protoindustrial los grandes establecimientos de la Fábrica de Tabacos y la fundición de artillería de San Bernardo.

En la provincia de Málaga, concretamente en Júzcar, comienza a funcionar en 1731 la Real Fábrica de hojalata de San Miguel. Tendrá una existencia relativamente breve, pues hacia 1788 ya no estaba activa. También en Málaga, la Real Fábrica de naipes de Macharaviaya se creó en 1776 como una iniciativa personal del ministro de Carlos III José de Gálvez y Gallardo y su producción estaba destinada a abastecer al mercado colonial americano. Concebida como un establecimiento artesanal bajo la dirección de especialistas extranjeros, no logró sobrevivir a los comienzos de la industrialización.

Macharaviaya, fábrica de naipes.

Por otro lado, la industria textil, y particularmente la algodonera, constituye uno de los sectores claves de la primera revolución industrial. En Andalucía, a pesar de la importancia relativa de algunos sectores textiles durante el siglo XVIII, la transición de la manufactura gremial a la fábrica y el comercio moderno fracasó frente a la competencia de regiones como la catalana. Diversos factores pueden explicar este proceso: la ausencia de ciudades o distritos industriales suficientemente potentes y concentrados espacialmente, el bajo nivel de consumo interno, la deficiente calidad de los productos (bayetas, jergas, sayales…) o la debilidad del subsector algodonero, la rama del textil destinada a convertirse durante el siglo XIX en la clave del desarrollo industrial.

A pesar de ello, durante las décadas finales del XVIII sí existen en Andalucía importantes focos de artesanía y manufacturas textiles orientadas hacia los mercados locales. En el caso de la industria lanera destacan centros como Pozoblanco y otros núcleos de su entorno, en Los Pedroches, Bujalance, en la Vega de Córdoba, o un buen número de pueblos y pequeñas ciudades de las sierras gaditanas y malagueñas, donde sobresale la población de Grazalema. Foco especialmente importante respecto a la industria lanera es el de Antequera.

Dibujo de Grazalema en 1853.

En cuanto a la industria sedera, ésta se encuentra más concentrada en los grandes mercados regionales: Granada, Sevilla, Málaga… y ciudades medias como Priego de Córdoba, Écija o Antequera. La industria algodonera de indianas y lienzos tenía muy limitada representación en Andalucía a finales del siglo XVIII, más allá de los focos en torno a la Bahía gaditana: Cádiz, El Puerto de Santa María y Chiclana de la Frontera.

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